Archivo de la etiqueta: Escultura

La Victoria de Samotracia

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Victoria Alada de Samotracia. Museo del Louvre. París. Sigue leyendo

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Mercurio raptando a Psique, por Adrien de Vries (1 de 3)

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Esta escultura, que se encuentra en el Museo del Louvre, fue realizada por el holandés Adrián de Vries en 1593 para el emperador alemán Rodolfo II. De estilo manierista, con figuras esbeltas de proporciones alargadas, constituye uno de los casos más claros de transición del Renacimiento al Barroco, por el movimiento que imprime a los personajes. En el presente caso, parece que Mercurio, el mensajero de los dioses, y Psique descansan únicamente en el pie de él, dando forma a una espiral hacia arriba mediante la plasmación de un “nudo de cuerpos“. Alumno de Giambologna en Florencia, de Vries captó el momento en el que Psique, envidiada por Venus y perdonada por esta una vez que aquélla había pasado todas las pruebas señaladas por la diosa del amor, es conducida al Monte Olimpo, ya elevada a la categoría de diosa.

El movimiento que se percibe en la estatua invita al espectador a moverse alrededor de la estatua para percibirla en todo su esplendor.

El Doncel de Sigüenza

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Es, sin duda, una de las esculturas más importantes del arte funerario español y que ha hecho que la catedral de Sigüenza, y en especial la capilla de los Vázquez de Arce, tenga fama internacional.
Martín Vázquez de Arce, el Doncel, falleció a los 25 años de edad, en la Vega de Granada, durante los últimos momentos de la Reconquista.
La foto muestra su perfil desde su lado izquierdo. La escultura lo representa concentrado en la lectura de un libro, que es el único problema que presenta: el tomo es demasiado pequeño para que el libro pueda cerrarse.
Al fondo se ve a Santiago Peregrino, con la concha en el sombrero y el bastón de su mano derecha.
Se considera una representación del caballero renacentista (está realizada a principios del siglo XVI) por la unión de las armas (caballero muerto en batalla, por eso no está reclinado en cojines) y las letras (leyendo un libro). Además, las proporciones del cuerpo son perfectas, según los cánones del Renacimiento.
Por último, es digna de mención la serenidad que emana del conjunto pero, sobre todo, de la expresión del rostro.